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lunes, 22 de diciembre de 2014

El detalle de Mimí

LA PEQUEÑA MIMÍ (VERANO DE 1988).
En octubre de 2011 recibí un correo electrónico de una persona que había comprado mi libro "Un Regalo a Stella Maris" a través de AMAZON ESPAÑA.  Sus líneas eran breves y lucían sinceras, finalizando con una interrogante:

"Buenos días Luis, recién acabo de adquirir tu poemario y además de la nota del autor, El Detalle de Mimí me enloqueció.  ¿Qué es lo que mueve a un hombre a escribir algo tan maravilloso como esto?"

De momento no supe que responder, y me causó mucha gracia.  Días después le respondí.  ¡Si..!  Me tomó días, y ¿saben que? Creo que a mi cliente no le convenció mi alegato, pero me reconforta pensar, o mas bien imaginar que no vio mi contestación en su bandeja de entrada, o que la borró incidentalmente antes de leerla.  La española aún no me ha confirmado que recibió mi respuesta.

Pero, ¿Qué es lo que mueve a una mujer escribirle a un pendejo al otro lado del mundo para saber por que escribió algo?  ¿Realmente a la gente le gusta este escrito?  Pareciera que si, pues de todas las personas que conozco, y que han adquirido mi libro, todos se inclinan en elegir a El Detalle de Mimí como lo mejor de esta compilación.  Lo que muchos de ellos no saben, es que en efecto Mimí existe, y es oriunda de uno de los lugares (para mí) más especiales de la geografía panameña: LA CHORRERA.

El Detalle de Mimí no es mas que un hermoso recuerdo transformado en párrafos.  Se trata de una niña que conocí en el verano de 1988 en el barrio de Los Guayabitos, contiguo a la feria de La Chorrera.  Llegaba casi todos los días a la casa de mis tíos a llevarme regalos y otros detalles.  Era un encanto verla sobre su pequeña bicicleta pedalear por las calles del barrio arriba enunciado.

Nuestros destinos tomaron rumbos distintos, pero su sonrisa me acompaño siempre, y aunque nunca mas supe de ella, me agradaba pensar en sus atenciones, que no eran mas que chocolatitos, confites, y una inocente sonrisa (algo despoblada de incisivos y caninos), nada que no pudiera comprar una niña de 8 años.

Veinte años después, estaba revisando mi cuenta de facebook, y en el perfil de una amiga, me pareció verla en su lista de amigos.  Ahí estaban sus rizos adornando su mirada tierna.  Ese día supe su verdadero nombre: ALEXANDRA MATA.

A pesar que le envié una solicitud de amigos, mi querida Mimí no la aceptó.  Obvio, ¿como se me ocurre a mi que ella me iba a reconocer?  Yo pesaba en aquel entonces unas ochenta libras con ropa mojada y botas; y ella... ella ni siquiera tenía los pechos que lucían muy bien puestos en algunos escotes de sus albumes de fotos de la reconocida red social.

Meses después me atreví a escribirle, y fue entonces cuando me reconoció.  Quizás fue esa extraña sensación de júbilo lo que me motivó a escribir esta hermosa prosa.  Para mí era muy importante que ella me recordara tanto como yo a ella.  Me tomó cerca de 20 minutos redactar el primer borrador. 

Cuando decidí incluirlo para que abriera mi primer libro, le hice muy pocas correcciones de índole gramatical, por lo demás, quedó intacto.

Me hubiera gustado que alguien filmara ese momento en que Mimí, recibía la correspondencia y sacaba a relucir el primer ejemplar de "Un regalo a Stella Maris", una edición única, pues se tuvieron que hacer cambios sustanciales en la segunda edición para poder optar por la distribución global en las plataformas de ventas bajo demanda.

Con ustedes, mis estimados lectores, El Detalle de Mimí, de mi poemario "UN REGALO A STELLA MARIS".  Los párrafos que siguen se explican por sí solos.

 

EL DETALLE DE MIMÍ 
 
La mañana transcurre con normalidad en el barrio de Los Guayabitos, cercano a la Feria de La Chorrera.  Una brisa veraniega fustiga apaciblemente los portales de las casas y pequeños remolinos de hojas secas se forman en el cruce donde está ubicada la tienda del señor Rubelio.

En una de las viviendas, una niña se mira al espejo algo nerviosa.  Se preparaba para una difícil empresa, quizás para ella la más importante que realizaría a su corta edad.  El espejo cómplice refleja la imagen de aquel peine que se desliza suavemente por las delicadas hebras de cabello color oro que le cuelgan a la pequeña jovencita desde el cráneo hasta poco más abajo de sus hombros.

El Consejo General de los niños del barrio habían acordado el día anterior de encontrarse a las cuatro de la tarde frente en la casa del señor Karicas con el propósito de jugar la lata, un antiguo juego de los niños panameños que consistía en esconderse y tratar de rescatar a los encontrados por el buscador, arrebatándole la lata que tenía en su poder y que era rellenada con piedras para que hiciera ruido al momento del salvamento.

La niña se preparaba para llegar mucho antes de lo acordado, pues era necesario incrustarse en la memoria de alguien para siempre y no estaba dispuesta a dejar pasar más tiempo.

De pronto, ruge el cacho con su estridente sonido proveniente del edificio del Cuerpo de Bomberos de La Chorrera indicando que son las doce del medio día y de inmediato, la niña sale del baño con dirección a la puerta de entrada de su casa.

Las verjas de la vivienda del Doctor Mata se abren, y sobre una diminuta bicicleta, pedalea la bella Mimí por la deteriorada calle frente a su casa con la intención de hacer una escala estratégica en la tienda del señor Rubelio. 

Mientras avanza, las gramas de los patios se reverdecen, las flores veraneras de los jardines de las casas le sonríen, y los árboles de marañón, de mango, de ciruela y de guaba, se inclinan para hacerle reverencias a la hermosa muchachita.
A ella, le encantan las malteadas que en enormes vasos de aluminio les sirve Don Rubelio a los niños chorreranos  junto con  vasitos  de raspado, a cambio de la módica suma de veinticinco centavos de dólar.  Era necesaria una de ellas para darle fuerzas ante la significativa y valiente proeza que en pocos minutos realizaría.

El cabello de la bella Mimí brilla cuan destellos que desesperados, hacen lo imposible para no ser opacados por los eclipses de sol.  Vestía un pantaloncito licra color naranja, una camisita blanca sin mangas, medias dobladas en tres partes y un par de zapatillitas blancas.

Una vez ingerida la malteada, la niña toma aire, aborda su bicicleta y se dirige a la residencia en donde horas más tarde se encontrarían los niños del barrio para jugar la lata. 

En las escaleras de la entrada de aquella vivienda, un muchacho la observa acercarse mientras que los papos y las chavelitas del jardín florecen ante la llegada al lugar de tan descomunal expresión de la belleza chorrerana.

Él le comenta: – ¡Mimí!, tu por aquí tan temprano... ¿y ese milagro?

Ella se baja de su bicicleta  y se  le acerca al tiempo que contesta: – ¡Vine a traerte algo!

Él le sonríe y le mira fijamente a los ojos.

Ella se sonroja... sus pestañas tintinean... y una inocente sonrisa entrecortada se dibujó en su diminuto rostro. En su labio superior, una delgada línea blanca delataba la malteada asesinada a tragos minutos antes.

Ella tomó la mano izquierda del muchacho y en su palma, colocó el regalito que con tanta admiración y afecto le acababa de comprar en la tienda del señor Rubelio.

El se sonrojó al percatarse que se trataba de 6 pequeños corazoncitos de chocolate envueltos en un papel de color aluminio, de esos que se les conoce con el nombre de “besitos”.

La niña se llenó de valor y a la velocidad de un colibrí, se acerca aún más para besar la mejilla del muchacho retrocediendo de inmediato para abordar su bicicleta.

De regreso a casa, sus cabellos se levantan en el aire al momento que su cabeza gira hacia atrás para decirle a él: – ¡Nos vemos a las cuatro para jugar la lata!

Mientras que la bicicleta de la bella Mimí se aleja, una picarona sonrisa se dibuja en el rostro del adolescente.
Es el primer detalle que recibe de una niña que se interesa por el...


ALEXANDRA MATA (MIMÍ) EN LA ACTUALIDAD
(Recibiendo la correspondencia con un ejemplar del libro en su interior)





UN REGALO A STELLA MARIS
Las Quince Primaveras
De venta en todos los canales de distribución de las tiendas AMAZON y LULU

 
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